No recuerdo con certeza cual fue la primera foto que tomé. Recuerdo bien, en cambio, la cámara Yashica 35mm de mi padre, me encantaba por cierto, era una cámara excelente. Recuerdo estar acostada de panza asomada a un cubo de ventilación desde la azotea del edificio en que vivimos de niños, haciendo malabares para tomar una foto abstracta (que quedó muy bien de casualidad) sin que la cámara cayera al abismo. Hoy la foto está desaparecida oficialmente y esa cámara intenta vivir en algún lugar de las insulindias. Ahí es donde ubico el nacimiento de mi amor por la fotografía: ese arte del dedazo para crear, para plasmar: para no olvidar.
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